jueves, 6 de septiembre de 2007

Ni un marciano en la oscuridad


Los días de la cacareada "vuelta al colegio" y el consabido "carnaval de ofertas en útiles escolares", me traen a la memoria un suéter fucsia de cuello cerrado y mangas a la mitad del brazo en el que mi mamá, desafiando el clima cumanés, me embutió la primera vez que fui a la escuela. Hacía poco más de un año el hombre había llevado su "planta insolente" hasta la Luna. Inolvidable día...
El pilar del comedor en casa de la abuela era la mejor ubicación para ver la televisión. Ahí estaba yo, tratando de no perder detalle, entendiendo a mi manera lo que hacían aquellos tipos con escafandras que flotaban como burbujas sobre el suelo lunar. Y a mi alrededor todo el mundo conmocionado, paralizado por la visión de semejante hazaña. Recuerdo que casi me ahogo, aguantando la respiración ante la expectativa de que los astronautas se toparan con algún marciano (para mí todos los extraterrestres eran marcianos). Y la verdad es que me desilusionó un poco que hicieran un viaje tan largo para no ver a nadie.
Después vino aquella fiebre lunar que se adueñó del planeta: cromos, barajitas, concursos, disfraces, canciones. Y yo maravillado con los afiches de los astronautas, repitiendo orgulloso los nombres de cada uno, como si al pronunciarlos estuviera adquiriendo el estatus de adulto. Mi tía Alba compró un curso de inglés con discos, cuyos estuches mostraban el Apolo XI incendiando la Tierra con su cola de fuego. Abundaban libros y revistas plenos de fotos a color de las pruebas espaciales. Y por supuesto, la aventura permanecía imbatible en la televisión.
De aquella comparsa lunática, lo que más me impactó fue un almanaque de relojes Timex. Eran indestructibles; en la TV los pisaba una gandola y ¡nada!. Los sacaban a picotazos de un bloque de hielo y ¡nada!.¡Siempre dando la hora exacta!... Y era lógico, porque esos relojes habían ido a la Luna. Lo que nunca supieron los publicistas es que en un caluroso rincón del mundo, un corazón de niño vivía enardecido porque su almanaque Timex lo había iniciado en los secretos de la vida. Y es que, sentado en un rincón de la cocina, mientras mi mamá cocinaba el almuerzo, yo aprendí a leer los textos impresos en el almanaque. "¿Me permites realizar un viaje a la Luna?", fue la primera frase que leí en mi vida. Desde entonces, sencillamente, fui otro.
Poco después de aquella mañana del suéter fucsia, descubrí al final del libro Coquito un "poema" que concluía más o menos así: "...viva la vida, viva el saber/ viva el maestro, ¡ya sé leer!". Y estuve días repitiendo aquellas palabras como si fueran los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins. No se me gastaban en la boca: "viva la vida, ya sé leer, viva la vida, viva el saber, viva el maestro, ya sé leer ya sé leer ya sé leer".
Ahora, cuando recuerdo el significado que tenían para mí aquellos "versos", me pregunto en qué momento nos dimos el lujo de permitir que la escuela se convirtiera en el triste desastre que es hoy: un montón de muchachos flotando como burbujas sobre la faz de la Luna, donde no hay nada, ni siquiera un marciano oculto en la oscuridad.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El cielo de los cumaneses

La casa de mi abuela tenía una amplia azotea abierta al cielo. Tibia en la mañana e infernal desde el mediodía hasta la tarde, en las noches era el lugar más amable de todos: la brisa marina, a veces tímida a veces desatada, nos aliviaba a todos, nos daba solaz, nos relajaba. Boca arriba, descalzo y de cara a las estrellas, uno pensaba en cualquier cosa: en los años idos y en los problemas, si se era de mediana edad; en los años que restaban y en los problemas, si se era ya viejo; en los años que corrían y en sus rollos si se era joven. Pero los que apenas estábamos por comenzar la escuela sólo disfrutábamos de la zoología estelar: dragones, cabras torcidas, cangrejos, alacranes, osas equilibristas jugueteando con los próceres del cosmos: titanes, centauros y gladiadores armados de centellas y relámpagos...
A veces alguna línea de fuego blanco cruzaba el negrísimo infinito y uno se quedaba maravillado, "¡pidan un deseo!". "La Luna, la luna, la luna", repetía yo con los ojos apretados "algún día voy a ir a la Luna". Y como ese día nunca llegaba, me consolaba armando aviones de papel cargados de niños con escafandras rumbo a la bola de plata. Y así me fui quedando en la Luna; tan allá me fui que a veces, camino a la oficina, necesito unos minutos de fatigosa concentración para recordar a dónde era que iba cuando salí de mi casa.

Bajo aquel cielo y sobre aquella azotea vivimos mis primos y yo increíbles momentos; de vez en cuando el Manzanares se desbordaba y bramaba hecho un toro de arcilla, entraba a la planta baja de la casa, anegaba los corredores y los cuartos y seguía su marcha hacia donde otras personas con menos suerte sucumbían ante su fuerza. Después, idas las aguas y llegada la calma, contemplábamos la miseria de los que habían perdido todo, niños de rostro desencajado aferrados a señoras ojerosas que marchaban como aturdidas hacia "las barracas". Así le decían a un montón de casuchas de zinc con baños comunes donde eran amontonados los damnificados. Casuchas que a las dos de la tarde relumbraban en medio de la nada, emitiendo destellos que hacían más difícil sobrellevar el clima de aquellos lares. Allí surgió el barrio Bebedero, a cuya gestación y desarrollo asistí porque quedaba a 100 metros de mi casa, cruzando la avenida.

Poco tiempo después, en las entonces afueras de la ciudad, erigieron otro nuevo barrio, llamado Brasil, en el cual, según decían, el Gobierno alojaría a familias desplazadas de los barrios caraqueños afectados por lluvias y derrumbes. Lo cierto es que de la recién construida iglesia de Bebedero salí una mañana acompañando al padre Ezequiel, quien junto a personalidades como el embajador de Brasil y no sé cuáles ministros, declararían inaugurado el nuevo barrio. Desde entonces no se puede hablar de Cumaná sin mencionar estas dos comunidades -Bebedero y Brasil- ambas fundadas por gente en su mayoría obligada a recomenzar sus vidas, las dos fuente de duros conflictos y de noticias de última plana a lo largo de los años. Pero también admirable ejemplo de lo que pueden la determinación de construir y la voluntad de arraigo; testimonio del humano sentido de la Tierra, como diría Nietzsche. Para bien y para mal, la furia de los elementos incidió en el surgimiento de estos dos nuevos ámbitos de conformación de la identidad local: decir "soy de Brasil" o "soy de Bebedero" son, desde entonces, dos maneras especiales de decir que se es cumanés.

Casi treinta años después, en lo que queda del desierto de El Peñón, saliendo hacia Carúpano, vi cómo crecen casitas "de interés social". "Ahí compró el Gobierno un lote a punto de entregar para los damnificados de Vargas", comentó mi madre. Y me quedé pensando cómo nuevamente la nada se haría ciudad, cómo una vez más ese cielo sería extraño para una gente que luego tal vez nunca podría renunciar a él. Evoqué mis noches boca arriba en la azotea y me pregunté si los niños que ahora venían llegando con estas familias se recrearían con la vista del inquietante brillo de la noche, y si poco a poco, a medida que fueran creciendo se apoderarían del infinito. Mientras pensaba en eso apareció un gavilán en medio del firmamento. Y recordé que entre los latinos la palabra "considerar" tenía el sentido de "captar de una sola mirada el mayor número de estrellas", al ver cómo el ave se lanzaba en picada después de considerar la tierra desde el dominio de los astros para luego elevarse más alto todavía. Y caí en cuenta de que realmente asciende quien conquista un suelo firme desde donde poseer las estrellas. Ojalá, entonces, que los nuevos habitantes de estas casitas blancas conquisten el cielo de los cumaneses y que un día puedan sentirlo y nombrarlo como suyo.