
Los días de la cacareada "vuelta al colegio" y el consabido "carnaval de ofertas en útiles escolares", me traen a la memoria un suéter fucsia de cuello cerrado y mangas a la mitad del brazo en el que mi mamá, desafiando el clima cumanés, me embutió la primera vez que fui a la escuela. Hacía poco más de un año el hombre había llevado su "planta insolente" hasta la Luna. Inolvidable día...
El pilar del comedor en casa de la abuela era la mejor ubicación para ver la televisión. Ahí estaba yo, tratando de no perder detalle, entendiendo a mi manera lo que hacían aquellos tipos con escafandras que flotaban como burbujas sobre el suelo lunar. Y a mi alrededor todo el mundo conmocionado, paralizado por la visión de semejante hazaña. Recuerdo que casi me ahogo, aguantando la respiración ante la expectativa de que los astronautas se toparan con algún marciano (para mí todos los extraterrestres eran marcianos). Y la verdad es que me desilusionó un poco que hicieran un viaje tan largo para no ver a nadie.
Después vino aquella fiebre lunar que se adueñó del planeta: cromos, barajitas, concursos, disfraces, canciones. Y yo maravillado con los afiches de los astronautas, repitiendo orgulloso los nombres de cada uno, como si al pronunciarlos estuviera adquiriendo el estatus de adulto. Mi tía Alba compró un curso de inglés con discos, cuyos estuches mostraban el Apolo XI incendiando la Tierra con su cola de fuego. Abundaban libros y revistas plenos de fotos a color de las pruebas espaciales. Y por supuesto, la aventura permanecía imbatible en la televisión.
De aquella comparsa lunática, lo que más me impactó fue un almanaque de relojes Timex. Eran indestructibles; en la TV los pisaba una gandola y ¡nada!. Los sacaban a picotazos de un bloque de hielo y ¡nada!.¡Siempre dando la hora exacta!... Y era lógico, porque esos relojes habían ido a la Luna. Lo que nunca supieron los publicistas es que en un caluroso rincón del mundo, un corazón de niño vivía enardecido porque su almanaque Timex lo había iniciado en los secretos de la vida. Y es que, sentado en un rincón de la cocina, mientras mi mamá cocinaba el almuerzo, yo aprendí a leer los textos impresos en el almanaque. "¿Me permites realizar un viaje a la Luna?", fue la primera frase que leí en mi vida. Desde entonces, sencillamente, fui otro.
Poco después de aquella mañana del suéter fucsia, descubrí al final del libro Coquito un "poema" que concluía más o menos así: "...viva la vida, viva el saber/ viva el maestro, ¡ya sé leer!". Y estuve días repitiendo aquellas palabras como si fueran los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins. No se me gastaban en la boca: "viva la vida, ya sé leer, viva la vida, viva el saber, viva el maestro, ya sé leer ya sé leer ya sé leer".
Ahora, cuando recuerdo el significado que tenían para mí aquellos "versos", me pregunto en qué momento nos dimos el lujo de permitir que la escuela se convirtiera en el triste desastre que es hoy: un montón de muchachos flotando como burbujas sobre la faz de la Luna, donde no hay nada, ni siquiera un marciano oculto en la oscuridad.
El pilar del comedor en casa de la abuela era la mejor ubicación para ver la televisión. Ahí estaba yo, tratando de no perder detalle, entendiendo a mi manera lo que hacían aquellos tipos con escafandras que flotaban como burbujas sobre el suelo lunar. Y a mi alrededor todo el mundo conmocionado, paralizado por la visión de semejante hazaña. Recuerdo que casi me ahogo, aguantando la respiración ante la expectativa de que los astronautas se toparan con algún marciano (para mí todos los extraterrestres eran marcianos). Y la verdad es que me desilusionó un poco que hicieran un viaje tan largo para no ver a nadie.
Después vino aquella fiebre lunar que se adueñó del planeta: cromos, barajitas, concursos, disfraces, canciones. Y yo maravillado con los afiches de los astronautas, repitiendo orgulloso los nombres de cada uno, como si al pronunciarlos estuviera adquiriendo el estatus de adulto. Mi tía Alba compró un curso de inglés con discos, cuyos estuches mostraban el Apolo XI incendiando la Tierra con su cola de fuego. Abundaban libros y revistas plenos de fotos a color de las pruebas espaciales. Y por supuesto, la aventura permanecía imbatible en la televisión.
De aquella comparsa lunática, lo que más me impactó fue un almanaque de relojes Timex. Eran indestructibles; en la TV los pisaba una gandola y ¡nada!. Los sacaban a picotazos de un bloque de hielo y ¡nada!.¡Siempre dando la hora exacta!... Y era lógico, porque esos relojes habían ido a la Luna. Lo que nunca supieron los publicistas es que en un caluroso rincón del mundo, un corazón de niño vivía enardecido porque su almanaque Timex lo había iniciado en los secretos de la vida. Y es que, sentado en un rincón de la cocina, mientras mi mamá cocinaba el almuerzo, yo aprendí a leer los textos impresos en el almanaque. "¿Me permites realizar un viaje a la Luna?", fue la primera frase que leí en mi vida. Desde entonces, sencillamente, fui otro.
Poco después de aquella mañana del suéter fucsia, descubrí al final del libro Coquito un "poema" que concluía más o menos así: "...viva la vida, viva el saber/ viva el maestro, ¡ya sé leer!". Y estuve días repitiendo aquellas palabras como si fueran los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins. No se me gastaban en la boca: "viva la vida, ya sé leer, viva la vida, viva el saber, viva el maestro, ya sé leer ya sé leer ya sé leer".
Ahora, cuando recuerdo el significado que tenían para mí aquellos "versos", me pregunto en qué momento nos dimos el lujo de permitir que la escuela se convirtiera en el triste desastre que es hoy: un montón de muchachos flotando como burbujas sobre la faz de la Luna, donde no hay nada, ni siquiera un marciano oculto en la oscuridad.