viernes, 15 de mayo de 2009

En defensa del gigante

Para la maestra Moraima
y todas mis maestras de primaria

1 . El gigante bárbaro
Le escuché decir a una vez a Orlando Albornoz que el maestro debe ser como un gigante que brinda sus hombros al alumno para que éste pueda subirse en ellos y mirar lejos; mucho más lejos que el propio gigante. Poco después alguien me decía cuán reaccionario era este tipo que veía al alumno como a un minusválido que necesitaba ser cargado de un sitio para otro. "Y fíjate que se buscó la imagen del gigante: él mismo reconoce que al alumno siempre se le ve como a un microbio".
Yo había interpretado aquellas palabras de un modo opuesto. Me pareció muy claro el mensaje: el alumno necesita de alguien que lo ayude a ver más allá de sus propias limitaciones. Pero como por razones obvias un niño (asumiendo que se tratara de un niño) no puede ser un adulto (cosa que generalmente se espera de él apenas sale del preescolar) la superación de sus limitaciones tiene que ser guiada y propiciada por alguien que lo ayude a descubrir el mundo.
En este punto, pese a una serie de matices, mi amigo y yo estuvimos de acuerdo. Pero a él le molestaba la imagen del gigante. "Entonces habría que aceptar que el maestro puede aplastar al alumno, ­eso es una barbaridad!". Dicho esto, mi amigo se despidió sin esperar a que yo le diera la razón, seguro del peso de su afirmación. "Tiene razón el pollo", me dije, "es una barbaridad".

2. La responsabilidad del gigante
La historia de nuestra sociedad ha sido siempre un tránsito inestable desde la barbarie hasta la responsabilidad. Todos podemos cometer barbaridades, basta remitirnos a la prolijidad de nuestra imaginación para constatarlo individualmente. Asimismo, nuestra gesta civilizadora enseña que se pueden acometer barbaridades de manera responsable (como las Cruzadas) o simplemente cometerlas de forma debida (como los obedientes vuelos de la muerte en Argentina).
Así que todos o somos bárbaros o somos capaces de barbaridades, y con eso tenemos que vivir. Ahora, que por ello debamos elevar por encima de nuestras restantes condiciones y potencialidades la del bárbaro, me parece un claro indicio de "miedo a la libertad". Porque a fin de cuentas, facilona y blandengue es la posición del bárbaro, no tiene más que usar el poder. Pero la libertad, como ejercicio de la responsabilidad individual siempre termina siendo una palabra molesta, cargada de equívocos y sobre todo de exigencias. De allí que siempre encuentre mejor aceptación cuando va referida a realidades diferentes a la condición humana. Nada suena más convincente hoy día que "libertad de mercado", para no decir más.
Pero yo quería decir que sí, que el maestro tiene el poder de aplastar al alumno, como cualquier adulto tiene el poder de aplastar a un párvulo o todo sabio el de descalificar a un interlocutor espontáneo. Sólo que una cosa es el poder y otra la voluntad. No es por poderoso (léase bárbaro) que el maestro es un gigante, si no por voluntarioso (léase responsable). En este sentido, nadie encarna tan fielmente como el maestro el ideal de nuestra afirmación como seres libres. Él puede y tiene a su alcance los medios para ejercer el poder sobre el alumno y consumar la barbaridad más grande: suprimir a una persona. Pero otra cosa es lo que él quiere: ayudar a esa persona a integrarse y a ser plenamente lo que quiera ser. Y esa es la responsabilidad del gigante, la más grande de todas: educar, que como experiencia significativa no es otra cosa que ayudar a vivir, preparar para la vida. Pero, lamentablemente para sus justas -y justificadísimas- aspiraciones sociales y económicas, la labor del maestro no es convertible en bonos bursátiles: la libertad que se gesta en su terca labor es del humano y para el ser humano. Y el ser humano es antítesis irremediable del mercado.

3. El gigante y su destino
Como el gigante ya creció lo que le era dado crecer y como sus alumnos ya crecieron y son jóvenes aún, su presencia es cada vez menos tangible. El maestro va siendo olvidado porque creemos que ya no lo necesitamos. Pero por cruel que suene, ese parece su destino: quedarse solo. Sabe que no tiene derecho sobre la vida de esos muchachos y jamás ha pretendido tenerlo (exactamente lo contrario del barbaropoderoso). Sabe, desde que el alumno se trepa en sus hombros, que el horizonte que éste está descubriendo lo llama con una fuerza irresistible y, precisamente porque sabe eso, se estira cuanto le dé su cuerpo para que el alumno vea todavía más allá y le entren más ganas de irse, de avanzar. El maestro quiere que algún día su alumno ya no lo necesite (mientras que el barbaropoderoso quiere que nadie se emancipe de él).
Me han dicho que ese maestro no existe, que es puro ideal, casi una cursilería. Una triste circunstancia me ahorró argumentos contra semejante opinión. En Cariaco vivía una maestra tan gorda que se hizo popular por su corpulencia. Durante la remoción de los escombros de la escuela de aquel pueblo, luego del reciente terremoto, hallaron su cadáver boca abajo y cuando lo alzaron descubrieron que tenía a dos hermanitos abrazados contra su amplio pecho. Estaban vivos; la maestra interpuso su espalda entre ellos y una placa de concreto. Algunos hablaron de un milagro (hasta los santos le restan créditos al maestro). Pero a mí me pareció lo más natural viniendo de una maestra. Una verdadera gigante que en vida no dudó en prestarle sus hombros a los muchachos para que vieran más lejos que ella y, que llegado el momento, les ofreció su espalda completa para que vivieran mucho más que ella. Algo que ni el ministro de Educación puede negar, por mucho que se jacte de su eficiencia para mezquinar pensiones, salarios y retroactivos.
El Nacional, 09/01/1998
La hormiga y el mar

Cerca del puerto de Guanta, un cadáver fue alzado hasta la cubierta de un barco. Estaba hinchado y mordisqueado por los peces, pero se podía ver que había sido un hombre fuerte y pelirrojo. Le faltaba un dedo y llevaba el cuerpo tatuado. El mar devolvió el cuerpo, pero se tragó su identidad y su genealogía. Se dirá que lo que podía justificar que uno sintiera pena por aquel muerto de nadie y sin nombre era la mínima humanidad que nos concierne a todos. Y no es que nosotros quisiéramos apropiarnos de semejante desgracia. Lo que pasa es que ya estábamos desesperados por la desaparición de tres jóvenes nuestros y empezaron a atormentarnos ciertas sospechas que hasta entonces habíamos podido conjurar.

La mamá de Jorge Rojas, uno de aquellos tres desaparecidos del seis de abril de 1985, sabía que tenía otros tres hijos por quienes vivir. Y quizás esa fue la razón por la que no dejó de preguntar y repreguntarse por aquella desgracia. Jorge Rojas, Antonio Rodríguez y Antonio Patiño, desaparecieron frente a la costa de Araya pocas horas antes de que un mal tiempo bíblico apagara la luz del Golfo de Cariaco antes de la seis de la tarde, como siguió ocurriendo todos los días durante más de una semana. Eran miembros de un grupo de rescate profesional y zarparon en la lancha Sofía a rastrear los posibles sobrevivientes (o los cadáveres) de un naufragio reciente. La lancha se averió de repente y durante al menos una hora, estuvieron haciendo contacto con tierra para mantener al puerto al tanto de su situación. No tocaban fondo con el ancla y empezaban a perder visibilidad entre el feroz oleaje. Echaron mano de lo que sabían y seguramente también de lo que sus nervios les sugerían. Alguien que estaba de guardia declaró luego que la radio de la lancha se descompuso y aunque transmitía no podía recibir. Ya eran cerca de las once de la mañana. Parece que Jorge dijo que empezarían a lanzar ciertas cosas al mar poco antes de que, ya pasadas las doce, en tierra dejaran de recibir señales de la lancha. En aquellos días se contaba hasta con un helicóptero para el "Operativo Semana Santa 85". Pero fueron abandonados a la suerte que el mar quisiera depararles.

En su casa de Cumaná II, la mamá de Jorge estaba inquieta desde temprano, y a las 8 de la noche llamó a la gente del "operativo". "Tranquila, su hijo está de comisión por Cariaco, mañana por la tarde regresa". Como las madres todo lo ven, al día siguiente madrugó y estuvo pendiente del radiotransmisor de su hijo, por el que se escuchaban las conversaciones de todos los involucrados en el "operativo". Así fue como se enteró de que estaban preparando una partida para salir a rastrear la lancha Sofía, que había desaparecido el día anterior. Una suma simple: cuando ella llamó para preguntar por su hijo, éste llevaba siete horas perdido en el mar. Y cuando se enteró de la verdad, iban casi veinticuatro.

¿Qué pasó después? De todo y nada. Denuncias, búsqueda, alarma e indignación general. Jorge Rojas padre, de cuya entereza nadie dudaría, se contuvo, se contuvo y se contuvo hasta que supimos que aquello era demasiado para una persona. Y cuando estuvo dispuesto a sentarse un momento, había pasado más de un año. Para entonces su esposa venía administrando su dolor, haciendo demostración de un temple que, por mucho que uno lo adivinara desde antes, resultaba desconcertante. El tiempo pasaba y ella se negaba a dejarlo pasar. Difícil enumerar lo que hizo porque parece haber hecho más de lo posible. Lo más notable es que sobreviviera emocionalmente a los primeros meses del suceso y sobre todo a los primeros días, que fueron terribles. Cumaná hervía de ira y también de morbo entre apariciones y rumores. Psíquicos, cartománticos, marineros, pescadores, periodistas, todos vieron u oyeron algo al mismo tiempo en distintos lugares. Pero lo más siniestro era la maldición del cielo encapotado: "a partir de las seis ya no se puede seguir porque no hay más luz". Saber que el SAR, el tan cacareado plan del Ministerio de Transporte y Comunicaciones, tenía que dormir como cualquier mortal, eso sí que era una agonía. Y aunque algunos insistieron en proseguir la búsqueda de noche, su voluntad no podía suplir a la tecnología.

A Jorge lo llamábamos "hormiga" aunque pasaba del metro noventa. Ironía que el mar tomó al pie de la letra, pues nunca devolvió nada. Nada de nada. Hormigas fuimos nosotros, miniaturizados ante el poder del mar y yendo a la carrera por todos lados. Pero si yo he sentido tanta amargura y dolor, nada me ha torturado tanto como imaginarme esos mismos sentimientos en la carne de los padres de Jorge, en especial en la de su mamá, quien literalmente consumió su fuerza física rastreándolo. Rodó por las Antillas, habló por señas en lugares impensados; visitó contrabandistas en lo profundo del Delta, se las arregló para saber de las cárceles más bárbaras de Trinidad, mandó cartas, télex, gritó y pataleó, ubicó y apoyó a otros padres desesperados en todo el país. Todo eso mientras su corazón y sus pies, debilitados ya, se negaban a acompañar su ímpetu. Del Estado no encontró sino dos respuestas: el SAR es un invidente nocturno y los desaparecidos no tiene explicación.
El Nacional, 05/02/1998

viernes, 6 de febrero de 2009



Notas de aguamala amor y muerte





1

Los cumaneses hemos pasado buena parte de nuestra vida lidiando con las aguamalas. Gelatinosos cuerpos casi invisibles, transparentes hasta la desaparición, las aguamalas son, más que evidencia, sugerencia de lo que creemos expresar cuando hablamos de lo fantasmal. Al igual que los fantasmas, las aguamalas parecen a medio camino entre lo inasible y lo atrapable; nos dejan ver las cosas a través de sus cuerpos, como si quisieran que caigamos en cuenta de que son el escollo que posibilita nuestro ir al mundo en su doble sentido de partida y de regreso.
Podríamos renunciar a los fantasmas -podríamos al menos eludirlos-, pero quizás nunca escapemos de lo fantasmal. Así como la pérdida de la memoria hace apremiante y más fuerte que nunca la voluntad de recuerdo, así lo fantasmal dispara la pulsión de realidad: la voluntad de tierra -de materia estable- punza como un conato sin concepto, como una intelección sin significado, como un estado mental afirmado en el susto: imaginado pero inarticulado, mudo, inexpresado.
La aguamala es generosa porque no nos impide mirar a su través lo que nos espera; pero lo que nos deja ver es una transparencia compacta e infinita en la que nos extraviamos fácilmente. Vidrio oculto tras un cristal, frasco vacío dentro de un vaso limpio, ola que ondea sobre una sucesión de ondas, la aguamala nos hace añorar los límites precisos de los cuerpos diferenciados... La reiteración de la transparencia es una forma promisoria de la tiniebla: nos abre el espacio para siempre, prolonga lo diáfano hasta matarnos de espacio. Errática entre sus tinieblas de vidrio, la voluntad es así poco más que un ansia.

2
Aparentemente entregadas a una ociosa flotación, las aguamalas le procuran al mar palabras contundentes para afirmar su señorío: el contacto con ellas es siempre un recordatorio de la distancia que media entre nosotros y la Naturaleza. Y nosotros, escindidos de la Naturaleza -aparentemente por voluntad propia-, nos queremos en ella sin saber cuánto de ese querer nos mata y cuánto nos da vida.
Ya entre algunos de los primeros filósofos surgió la conciencia de una culpa óntica que purgábamos con la degeneración material. Que existiéramos como cuerpo social o como cuerpo individual daba lo mismo: una y otra circunstancias expresaban la existencia singular, afirmaban la negación de lo indeterminado. A una dialéctica sencilla la salvaba una lógica simple: si lo indeterminado es la substancia de todo y nada es sin él ni fuera de él, entonces la particularidad no puede ser sino finita y perecedera, pues no puede lo determinado sobrevivir a lo indeterminado. Y nunca como entonces fue tan plena la pluralidad, justo cuando se le procuró su rotunda muerte metafísica.

3

Esa exclusión trascendental de lo determinado tal vez fuera una flagelación: lo particular, más que comprometer al Uno supremo, desdecía su pureza, que era como darle al logos la cualidad de un eros: transgredir la unidad racional de lo sabido para saber desde lo incognoscente: conocer por lo sentido.
Eros cognoscente, diría una voz caribeña, cercana al mar y a las aguamalas: la rancia conseja de la unidad dúplice quizás no fuera más que la sobreestimación de un juego de palabras: moción-contramoción. Logos: moción; eros: conmoción. Eros sin lógica que excita al logos sin eros: quién pudiera saber cuántas de nuestras racionalizaciones son deseos, por lo menos deseos de otro... que vienen de otro, que van hacia otro...

4

Mientras no le damos nombre a la con-moción de querer ser el yo de otro, la euforia y la melancolía, la insatisfacción y el goce, la dicha y la fatiga, la promesa y la sensatez se inflan en una pedantería vitalista que parece sobrepasar incluso el verdadero alcance de lo que sentimos. Y como el verdadero alcance de lo que sentimos no es manifiesto, insistimos. Y como somos lo que sentimos, nos desespera saber que ya no podemos vivir más sin semejante conmoción. Y como somos lo que nominamos, cuando a todo eso lo llamamos amor, empezamos a comprender que vivimos a pesar de eso, que estamos viviendo de lo que va muriendo, que vivimos de la energía de una emoción de muerte. Una emoción que a veces sólo tiene sentido cuando la callamos, pero que sentimos que lo tiene cuando la hablamos. Una emoción que exige la misma sangre fría que requiere la cursilería de los amantes en apuros: qué amante no quiere vivir como si fuera a morir mañana, qué amante no siente el amor como nadie nunca jamás, qué amante no quiere morir hoy mismo, qué amor no es eterno... Qué eternidad sobrevive al amor.


5

Y ninguna determinación es tan rotunda como el amor; a veces intransitivo y siempre indeterminado, él se ha allanado el terreno que probablemente nos estaba reservado para no morir jamás más que una vez. El amor es la certeza de que no volveremos a lo indeterminado, la garantía de que moriremos a pesar de la inmortalidad. O al menos el consuelo de que siempre podremos morir; una y otra vez, qué otra cosa si no es la eternidad: morir siempre, que no para siempre.

Epílogo...

Quien se quiere morir ya tiene algo por lo que vivir, algo que sobrevivirá a su muerte efectiva, así como la transparencia sobrevive a la aguamala sólo para replicarla hasta la fantasmagoría.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Ni un marciano en la oscuridad


Los días de la cacareada "vuelta al colegio" y el consabido "carnaval de ofertas en útiles escolares", me traen a la memoria un suéter fucsia de cuello cerrado y mangas a la mitad del brazo en el que mi mamá, desafiando el clima cumanés, me embutió la primera vez que fui a la escuela. Hacía poco más de un año el hombre había llevado su "planta insolente" hasta la Luna. Inolvidable día...
El pilar del comedor en casa de la abuela era la mejor ubicación para ver la televisión. Ahí estaba yo, tratando de no perder detalle, entendiendo a mi manera lo que hacían aquellos tipos con escafandras que flotaban como burbujas sobre el suelo lunar. Y a mi alrededor todo el mundo conmocionado, paralizado por la visión de semejante hazaña. Recuerdo que casi me ahogo, aguantando la respiración ante la expectativa de que los astronautas se toparan con algún marciano (para mí todos los extraterrestres eran marcianos). Y la verdad es que me desilusionó un poco que hicieran un viaje tan largo para no ver a nadie.
Después vino aquella fiebre lunar que se adueñó del planeta: cromos, barajitas, concursos, disfraces, canciones. Y yo maravillado con los afiches de los astronautas, repitiendo orgulloso los nombres de cada uno, como si al pronunciarlos estuviera adquiriendo el estatus de adulto. Mi tía Alba compró un curso de inglés con discos, cuyos estuches mostraban el Apolo XI incendiando la Tierra con su cola de fuego. Abundaban libros y revistas plenos de fotos a color de las pruebas espaciales. Y por supuesto, la aventura permanecía imbatible en la televisión.
De aquella comparsa lunática, lo que más me impactó fue un almanaque de relojes Timex. Eran indestructibles; en la TV los pisaba una gandola y ¡nada!. Los sacaban a picotazos de un bloque de hielo y ¡nada!.¡Siempre dando la hora exacta!... Y era lógico, porque esos relojes habían ido a la Luna. Lo que nunca supieron los publicistas es que en un caluroso rincón del mundo, un corazón de niño vivía enardecido porque su almanaque Timex lo había iniciado en los secretos de la vida. Y es que, sentado en un rincón de la cocina, mientras mi mamá cocinaba el almuerzo, yo aprendí a leer los textos impresos en el almanaque. "¿Me permites realizar un viaje a la Luna?", fue la primera frase que leí en mi vida. Desde entonces, sencillamente, fui otro.
Poco después de aquella mañana del suéter fucsia, descubrí al final del libro Coquito un "poema" que concluía más o menos así: "...viva la vida, viva el saber/ viva el maestro, ¡ya sé leer!". Y estuve días repitiendo aquellas palabras como si fueran los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins. No se me gastaban en la boca: "viva la vida, ya sé leer, viva la vida, viva el saber, viva el maestro, ya sé leer ya sé leer ya sé leer".
Ahora, cuando recuerdo el significado que tenían para mí aquellos "versos", me pregunto en qué momento nos dimos el lujo de permitir que la escuela se convirtiera en el triste desastre que es hoy: un montón de muchachos flotando como burbujas sobre la faz de la Luna, donde no hay nada, ni siquiera un marciano oculto en la oscuridad.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El cielo de los cumaneses

La casa de mi abuela tenía una amplia azotea abierta al cielo. Tibia en la mañana e infernal desde el mediodía hasta la tarde, en las noches era el lugar más amable de todos: la brisa marina, a veces tímida a veces desatada, nos aliviaba a todos, nos daba solaz, nos relajaba. Boca arriba, descalzo y de cara a las estrellas, uno pensaba en cualquier cosa: en los años idos y en los problemas, si se era de mediana edad; en los años que restaban y en los problemas, si se era ya viejo; en los años que corrían y en sus rollos si se era joven. Pero los que apenas estábamos por comenzar la escuela sólo disfrutábamos de la zoología estelar: dragones, cabras torcidas, cangrejos, alacranes, osas equilibristas jugueteando con los próceres del cosmos: titanes, centauros y gladiadores armados de centellas y relámpagos...
A veces alguna línea de fuego blanco cruzaba el negrísimo infinito y uno se quedaba maravillado, "¡pidan un deseo!". "La Luna, la luna, la luna", repetía yo con los ojos apretados "algún día voy a ir a la Luna". Y como ese día nunca llegaba, me consolaba armando aviones de papel cargados de niños con escafandras rumbo a la bola de plata. Y así me fui quedando en la Luna; tan allá me fui que a veces, camino a la oficina, necesito unos minutos de fatigosa concentración para recordar a dónde era que iba cuando salí de mi casa.

Bajo aquel cielo y sobre aquella azotea vivimos mis primos y yo increíbles momentos; de vez en cuando el Manzanares se desbordaba y bramaba hecho un toro de arcilla, entraba a la planta baja de la casa, anegaba los corredores y los cuartos y seguía su marcha hacia donde otras personas con menos suerte sucumbían ante su fuerza. Después, idas las aguas y llegada la calma, contemplábamos la miseria de los que habían perdido todo, niños de rostro desencajado aferrados a señoras ojerosas que marchaban como aturdidas hacia "las barracas". Así le decían a un montón de casuchas de zinc con baños comunes donde eran amontonados los damnificados. Casuchas que a las dos de la tarde relumbraban en medio de la nada, emitiendo destellos que hacían más difícil sobrellevar el clima de aquellos lares. Allí surgió el barrio Bebedero, a cuya gestación y desarrollo asistí porque quedaba a 100 metros de mi casa, cruzando la avenida.

Poco tiempo después, en las entonces afueras de la ciudad, erigieron otro nuevo barrio, llamado Brasil, en el cual, según decían, el Gobierno alojaría a familias desplazadas de los barrios caraqueños afectados por lluvias y derrumbes. Lo cierto es que de la recién construida iglesia de Bebedero salí una mañana acompañando al padre Ezequiel, quien junto a personalidades como el embajador de Brasil y no sé cuáles ministros, declararían inaugurado el nuevo barrio. Desde entonces no se puede hablar de Cumaná sin mencionar estas dos comunidades -Bebedero y Brasil- ambas fundadas por gente en su mayoría obligada a recomenzar sus vidas, las dos fuente de duros conflictos y de noticias de última plana a lo largo de los años. Pero también admirable ejemplo de lo que pueden la determinación de construir y la voluntad de arraigo; testimonio del humano sentido de la Tierra, como diría Nietzsche. Para bien y para mal, la furia de los elementos incidió en el surgimiento de estos dos nuevos ámbitos de conformación de la identidad local: decir "soy de Brasil" o "soy de Bebedero" son, desde entonces, dos maneras especiales de decir que se es cumanés.

Casi treinta años después, en lo que queda del desierto de El Peñón, saliendo hacia Carúpano, vi cómo crecen casitas "de interés social". "Ahí compró el Gobierno un lote a punto de entregar para los damnificados de Vargas", comentó mi madre. Y me quedé pensando cómo nuevamente la nada se haría ciudad, cómo una vez más ese cielo sería extraño para una gente que luego tal vez nunca podría renunciar a él. Evoqué mis noches boca arriba en la azotea y me pregunté si los niños que ahora venían llegando con estas familias se recrearían con la vista del inquietante brillo de la noche, y si poco a poco, a medida que fueran creciendo se apoderarían del infinito. Mientras pensaba en eso apareció un gavilán en medio del firmamento. Y recordé que entre los latinos la palabra "considerar" tenía el sentido de "captar de una sola mirada el mayor número de estrellas", al ver cómo el ave se lanzaba en picada después de considerar la tierra desde el dominio de los astros para luego elevarse más alto todavía. Y caí en cuenta de que realmente asciende quien conquista un suelo firme desde donde poseer las estrellas. Ojalá, entonces, que los nuevos habitantes de estas casitas blancas conquisten el cielo de los cumaneses y que un día puedan sentirlo y nombrarlo como suyo.